La cámara no dejaba de filmar. Apostado en la terraza de la
habitación 1403 del hotel Palestina, José Couso, de 38 años, casado y padre de
dos hijos, tenía el presentimiento de que algo extraño iba a suceder en aquel
puente de Bagdad donde varios tanques norteamericanos se habían detenido. No se
equivocaba. Arriba, en la planta 15 del edificio, algunos corresponsales de la
agencia Reuters hacían lo propio. Los periodistas esperaban atentos el
siguiente movimiento como si fueran espectadores de una partida de ajedrez
siniestra en la que los iraquíes estaban al borde del abismo. Al menos en
Bagdad, donde el ejército invasor apenas había encontrado resistencia.
